domingo, diciembre 07, 2008

Una antigua superstición brasilera dice que cuando visitas por primera vez una casa, al momento de irte el dueño es quién debe abrirte la puerta, porque si lo hacemos nosotros mismos, no volvemos nunca más allí.
Pero qué pasa si yo tenía que salir rápido de ese lugar? No me importó la superstición ni nada de eso. Nada podía empeorar las cosas. Necesitaba salir de ahí. Y después de todo, no creo que tenga ganas de volver. Me recordaría todo el tiempo algo que fue más fuerte que yo, algo que prefiero hacer de cuenta que nunca ocurrió.

A pesar de todo eso, yo tengo mi creencia personal, de la que estoy segura: cuando una puerta se cierra, siempre siempre, hay otra que se abre. Y anoche la confierme. Cuando esa puerta te la abre una mano amiga, la que más necesitas ver en ese momento, el alma vuelve a respirar tranquila y las supersticiones ya no importan.

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