Este pensamiento lo tengo formado hace mucho tiempo: cuando uno etiqueta algo, irremediablemente lo está condenando a terminar, a pudrirse, a hecharse a perder. Es como a los productos, que se los envasa y se les pone fecha de vencimiento. Lo mismo pasa con las personas y las relaciones. Haces que pierdan esa naturalidad del principio. La libertad. Y creo que por eso le tengo tanto miedo a etiquetar mis relaciones, no quiero perder esa libertad que nos hace sentir tan bien, tengo miedo de pudrir todo. Aunque llega el momento en que según lo estipulado por los demás, la etiqueta debería colocarse: y ustedes que son?. Ahí es cuando, primero, disimuladamente, me empiezo a alejar, para luego salir corriendo sin miramientos. Es que no lo puedo evitar. Es parte de mi. Las etiquetas no me importan, no me interesan para nada. Pero a otros si. Es allí cuando surge el cortocircuito. Por suerte en el camino fui encontrando personas que supieron comprenderme, y no me presionan, así siento que puedo estar cómoda siendo yo; aunque en el fondo sé que esperan el momento en que tengamos una etiqueta, en que pueda presentarme ante alguien diciendo: ella es Pilar, mi _ _ _ _ _ _ _. Bueno, supongo que cuando llegue ese momentó, saldré corriendo otra vez sintiendome un poco asfixiada.
Entiendo que hay otro punto de vista sobre este tema, personas que se arriesgan a esa etiqueta, a ponerle fecha de vencimiento a las cosas, y a hacer todos los días el esfuerzo de mantener eso que tienen. Y la etiqueta dura muchisimos años o toda una vida. Y son felices. Pero eso es una gran responsabilidad. Una que por el momento no me siento capaz de asumir.
p.l.z ®
lunes, enero 26, 2009
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