miércoles, diciembre 12, 2007

;

Ella miró al hombre que estaba allí en pie, lleno de vitalidad, con la pérgola y las rosas dormidas a sus espaldas. Con el calor y el sol, las rosas despertarían. Pero John, su John, había desaparecido para siempre.
-John volvía a casa desde su oficina en Memphis. Volvía tarde, debido a una reunión. Las carreteras estaban resbaladizas. Había llovido y estaban resbaladizas, y había niebla.
El corazón se le encogío un poco, como le sucedía siempre que rememoraba aquellos momentos.
-Hubo un accidente. Alguien que conducía demasiado rápido invadió el carril contrario. Yo estaba levantada, esperándole y ocupándome de los niños. Harper había tenido una pesadill
a, y tanto Manson como Austin estaban resfriados. Acababa de dejarlos dormidos y me disponía a acostarme, un poco irritada porque John aún no había vuelto a casa. Y allí estaba ella, en mi habitación. –Soltó una risita y se pasó la mano por la cara-. Mi sobresalto fue mayúsculo, pues me dije: . Créeme, tas haberme ocupado de tres niños inquietos y desconsolados, mi estado de ánimo no era el más apropiado para pensar en un nuevo hijo. Pero había algo extraño en sus ojos. Le brillaban demasiado, y me parecía que era un brillo malvado. Me asustó un poco. Entonces se presentó la policía y, bueno, ya no pensé más en ella.
Su voz se había mantenido firme mientras hablaba, pero sus ojos, sus ojos alargados y encantadores, reflejaban una profunda aflicción.
-Es duro, muy duro. Ni siquiera puedo imaginarlo.
-Tu vida se detiene en ese momento. Sencillamente se para. Y cuando vuelve a ponerse en marcha, es distinta. Nunca vuelve a ser como era antes de ese momento. Nunca más.
Él no la tocó, no la consoló, ni le dio su apoyo. Lo que había en el corazón de Roz en aquellos instantes, en aquel jardín invernal, pertenecía a otro.
-No tenías a nadie. Ni padres ni hermanos.
-Tenía a mis hijos. Tenía esta casa. Me tenía a mí misma. –Roz desvió la mirada, y él se dio cuenta de que retrocedía y cerraba aquella puerta que daba al pasado-. Comprendo adónde quieres ir a parar con esto, y al mismo tiempo no lo comprendo. Anteriormente, ella nunca se había mostrado contraria ni a John ni a ninguno de los hombres con los que estuve después, ni siquiera a Bryce. En ocasiones mostraba cierta desaprobación... eso ya te lo he dicho. Pero nada parecido a lo que ha hecho recientemente. ¿Por qué será?
-He tratado de descubrirlo, y tengo un par de teorías. Primero volvamos a casa. Está oscureciendo y te vas a enfriar. No tienes mucha carne que te proteja. No lo digo como una queja –añadió cuando ella frunció el ceño. Ella exageró a propósito su acento sureño.
-Procedo de una línea de mujeres con cuerpos frágiles.
-No hay nada frágil en ti –la corrigió él, y le tomó la mano mientras caminaban hacia la casa-. Eres una rosa larga y silvestre... una rosa negra llena de espinas.
-Las rosas negras no son silvestres. Hay que cultivarlas. Y nadie ha conseguido jamás un auténtico color negro.
-Una rosa negra –repitió él, y se llevó sus manos unidas a los labios-. Excepcional y exquicita.
-Sigue así y tendré que invitarte a subir a mis aposentos privados.
-Creía que nunca ibas a pedírmelo.

[....]
-Estoy preparado para empezar. –Él le besó la mejilla magullada, la indemne, la frente, los labios-. Voy a aprender a cuidar por lo menos de una sola flor. Una rosa. Mi rosa negra.
Se apoyó en él. Podía apoyarse en él... y confiar en que él se retirara cuando ella necesitara estar a solas.
Todo en su interior se serenó, incluso cuando contempló la destrucción de lo que era suyo. Lo arreglaría, salvaría lo que fuera posible salvar y aceptaría la pérdida de lo insalvable.




Nora roberts. Rosa negra.

No hay comentarios: